Mateo cierra la puerta de su piso y baja las escaleras con prisa. Tiene una entrevista de trabajo a las diez y el autobús pasa en quince minutos. Cuando llega a la calle, toca el bolsillo de su chaqueta. Su teléfono está allí, pero las llaves no. Mira por la ventana del portal y ve la puerta cerrada detrás de él.
Primero piensa que dejó las llaves en la mesa de la cocina. Luego recuerda que cerró la puerta con ellas. Deben estar en algún lugar entre el tercer piso y la entrada. Mateo vuelve a subir lentamente y mira cada escalón. Encuentra un botón, una moneda y un pequeño juguete rojo, pero no encuentra las llaves.
En el segundo piso vive la señora Pilar. Ella abre la puerta porque oye pasos en el pasillo. Mateo explica el problema. Pilar toma una linterna y decide ayudar. Los dos bajan otra vez, mirando debajo de las plantas y detrás del radiador. En el primer piso se une Leo, un niño que lleva una mochila azul y conoce cada rincón del edificio.
Leo pregunta cómo son las llaves. Mateo describe un llavero amarillo con forma de sol. El niño dice que un sol no puede esconderse durante mucho tiempo. Revisa los buzones mientras Pilar mira dentro del ascensor. Mateo consulta la hora: faltan treinta minutos para la entrevista. Ya no puede esperar el autobús y empieza a ponerse nervioso.
La puerta del portal se abre y entra una mujer con un perro pequeño. El perro corre hacia Mateo y salta a su alrededor. Algo hace un ruido suave contra su collar. Leo se agacha y descubre un llavero amarillo. Las llaves están colgadas del collar del perro. La mujer explica que las encontró en la acera y las puso allí para no perderlas.
Todos se ríen, incluso Mateo. Da las gracias, llama a un taxi y promete devolver la linterna. Mientras espera, Leo le entrega también el juguete rojo. Dice que puede darle suerte. Mateo llega a la entrevista dos minutos antes de las diez. Durante la conversación cuenta la historia para explicar cómo trabaja bajo presión y cómo acepta ayuda de otras personas.
Por la tarde, Mateo vuelve al edificio con una caja de pasteles. Ha conseguido el trabajo. Comparte los pasteles con Pilar, Leo, la mujer del perro y cualquier vecino que pasa por el portal. Después coloca un pequeño gancho junto a su puerta. Desde ese día, las llaves duermen siempre allí, junto al juguete rojo que le dio suerte.
Una semana más tarde, Mateo encuentra el botón y la moneda en el bolsillo de la chaqueta. Los deja en una caja junto al ascensor con un cartel que dice “Objetos perdidos”. Leo añade un lápiz verde. Pronto, cada cosa del edificio parece tener un lugar al que regresar.